HISTORY OF SPAIN: "El inicio de un día cualquiera" según Mesonero Romanos

“Al rayar el día empieza lentamente el movimiento de este pueblo numeroso. Se abren sus puertas para dar entrada a infinidad de aldeanos que conducen las producciones de sus lugares circunvecinos para depositarlas en los abundantes mercados de la capital. Otros, circulando por ella con sus provisiones, permanecen durante toda la mañana ocupados en la venta al por menor. En estas primeras horas los tahoneros montados en sus caballos con enormes serones, reparten el pan por las tiendas; los ligeros valencianos cruzan las calles en todas direcciones pregonando sus refrescos; las tiendas se llenan de mozos y criadas que concurren a beber; los carros de los ordinarios que salen se cruzan con la rechinante carreta de bueyes que viene cargada de carbón; las plazas y mercados van progresivamente llenándose de gentes que se ocupan de las compras por menudo; las iglesias de ancianos piadosos y madrugadores, que concurren a las primeras misas de la mañna, y los talleres de los artesanos de multitud de obreros que van alegres a sus trabajos respectivos. Suenan las nueve y el tambor de las guardias que se relevan se hace oír en todos los cuarteles de la capital. Las jóvenes elegantes, que habían salido a misa o a paseo en un gracioso neglicé, vuelven lentamente a sus casas, por supuesto, acompañadas casualmente. Tampoco falta su casual compañía a la alegre sirvienta que, con el cesto de provisiones bajo el brazo, viene prestando piadoso  oído a los tiernos acentos del agraciado barberito o del gracioso ordenanza. Los cafés retirados, las tiendas de vinos y las hosterías presencian a tales horas estos obsequios misteriosos; pero a las diez el cuadro ha variado de aspecto; los coches de los magnates, de los funcionarios públicos, seguidos a la carrera por la turba de pretendientes, que los espera a su descenso, corren a los Consejos y a las oficinas públicas; el empleado subalterno, saboreando aún su chocolate, marcha también a colocarse en su respectiva mesa; los estudios de los abogados quedan abiertos a la multitud de litigantes; el ruido de la moneda resuena en el contador del comerciante; el martillo en el taller del artesano, y las elegantes tiendas de modas, bien decoradas, bien frescas y limpias, empiezan a dar entrada a las diligentes damas que vienen a saciar en ellas sus caprichos y su vanidad. La Puerta del Sol empieza a ser el centro del movimiento del público y del quietismo de una parte de él, que se la reparten como su propiedad. Los corredores subalternos de préstamos y papel hacen así sus negocios sin correr; los músicos esperan avisos de bodas, llegadas de forasteros y nombramientos para correr a felicitar a los dichosos; los ciegos pregonan sus hojas volantes, y las vendedoras de naranjas hacen conocer sus excelentes pulmones”.

Ramón de Mesonero Romanos, Manual de Madrid, Madrid, 1843

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