PHILOSOPHY TODAY: LA NATURALEZA DA SALTOS
Hoy en mi ventana analizamos los nuevos retos que la física plantea a la filosofía. Si la teoría de la relatividad rompe nuestras más firmes concepciones del mundo en cuanto al espacio, el tiempo y la masa, aún podemos refugiarnos en el estricto determinismo de la nueva ordenación y en el carácter continuo del ámbito espacio-temporal. Los principios de simplicidad y continuidad siguen rigiendo en el mundo de Einstein. Pero a finales del siglo XIX una nueva ciencia, la Termodinámica, prometía con sus investigaciones sobre los fenómenos del calor, una unión con el electromagnetismo, en el duro proceso de unificación de las ciencias de la naturaleza.
Que el calor era una forma de energía ya había sido establecido por Rumford. De hecho, el primer principio de la termodinámica no es otro que el de la conservación de la energía. El problema con que se enfrentaba la nueva disciplina era el de la radiación emitida por la materia bajo la acción del calor. Entre los diversos emisores, los ideales son los cuerpos negros, capaces de absorber e irradiar por completo la luz sin reflejarla. Curiosamente el problema se había resuelto por partes: se conocía la distribución energética en la zona violeta del espectro, pero no en la roja. Y, por otra parte, se idearon experimentos que describían la distribución en la zona roja. En este caso, la zona violeta quedaba inexplicada.
La solución fue encontrada por Max Planck, y era tan asombrosa que podemos decir desde mi ventana que su autor se dedicó casi el resto de su vida a intentar autorrefutarse, o, al menos, a evitar las consecuencias que de su descubrimiento se seguían. Por vez primera en la historia se tenía una prueba irrefutable de la discontinuidad de lo real, justo en el corazón del continuismo: las teorías electromagnéticas, que estudian ondas de energía. El descubrimiento abría el siglo y una nueva era en la ciencia. La radiación se compone de "paquetes energéticos” discontinuos. Planck dio el nombre de cuantos a estos paquetes o unidades mínimas de radiación. El cuanto relaciona armónicamente la longitud de onda, la frecuencia y la energía contenida. Junto a G (constante de gravitación) y c (velocidad de la luz), aparecía una nueva constante en física: h, la constante de Planck.
Así pues, tanto la materia (átomos) como la energía (cuantos) constaban de unidades discretas. La teoría prometía tales cambios que no fue aceptada hasta 1905. Es Einstein el que recoge el reto y, generalizando el descubrimiento de Planck, logra explicar el efecto fotoeléctrico. Paradójicamente Newton caía de su pedestal en mecánica a la vez que se reivindicaba de alguna forma su teoría corpuscular de la luz.
Pero no se habían asimilado aún bien las consecuencias de este atomismo energético cuando en 1923 de Broglie demostraba que, si la radiación muestra en algunos casos caracteres corpusculares, también los electrones presentan características ondulatorias.
Schrödinger pondría después los fundamentos matemáticos de la novísima “mecánica ondulatoria”, sustituyendo el esquema planetario que para los átomos Bohr había construido por una onda curvada en torno al núcleo, de modo que se encontraba, a la vez, en todas las partes de su órbita. Esta idea conlleva la destrucción del concepto de individuo y su sustitución por una nube de probabilidad. No es que la materia sea, unas veces, partícula, y otras, onda, sino que es las dos cosas a la vez.
De esta forma la mecánica cuántica parecía apoyarse peligrosamente en un idealismo de nuevo cuño. Heisenberg puso al día y perfeccionó el cálculo matricial sobre las bases estrictamente probabilísticas, con la especial circunstancia de que la materia parecía reducirse al mero cálculo matemático. Por vez primera, la imagen era absolutamente barrida de la física. Con el cálculo de matrices, la materia no es ya partícula ni onda, ni niguna otra cosa describible, sino aquello que cumple un puro esquema matemático regido por el principio de simetría. Es sintomático que los “viejos” Einstein y Planck se opusieran con todas sus fuerzas a los nuevos avances. Siglos de lucha por el objetivismo y la aséptica descripción de lo “en si” parecían entregarse a un subjetivismo desaforado que, sin embargo, funcionaba. Desde mi ventana, un saludo. SE FELIZ

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