HISTORY OF SPAIN: "La compañia en Constantinopla" por Ramón Muntaner


Embarcáronse, pues, todos con sus mujeres e hijos, quedando muy alegres y satisfechos del señor rey, porque como él, no hubo jamás señor alguno que mejor se haya portado con las gentes que le sirvieron, haciendo todo lo que podía y aun más de lo que pudiera, como lo saben todos, puesto que no tenía tesoro alguno, y que, después de las guerras que acababa de sostener, nada le bastaba.
Además de éstos, embarcáronse también los ricos hombres y caballeros (debiendo saberse que así los caballeros como todos cuantos iban a caballo tenían doble ración de todo), pero En Berenguer de Entenza y En Berenguer de Rocafort no pudieron estar dispuestos en aquella sazón, pues el último tenía dos castillos en Calabria, que no había querido entregar cuando las paces, hasta haber cobrado el sueldo que se le debía a él y a los suyos, razón por que no pudo embarcarse desde luego; pero, en cambio, embarcáronse En Ferran Ximeniz de Arenos, En Ferran de Ahones, En Corberan de Alet, En Pedro de Aros, En Pedro de Logran y muchos otros caballeros, adalides y almogáraves. Embarcados que fueron, resultó que había, entre galeras, leños, naves y taridas, treinta y seis velas, con mil quinientos hombres de a caballo, según constaba por escrito, arreados de todo menester, y aparte de los caballos; más de cuatro mil almogáraves, y más de mil peones, sin contar aún los galeotes y los marineros de la tripulación, todos los cuales eran catalanes y aragoneses, llevando consigo la mayor parte a sus esposas o amigas y a sus hijos. En tal estado, pues, se despidieron del señor rey, y partieron, a la buena ventura, de Mesina con grande alegría y satisfacción.
Como Dios les envió buen tiempo, en pocos días llegaron a Malvasia, donde tomaron tierra, habiendo encontrado aquí quien les dispensó grande obsequio, y entregándoles, además gran refresco de todo género, a par que un mandato del emperador, en que les decía que marchasen directamente a Constantinopla, lo que en efecto cumplieron, partiendo de aquel punto y marchando al otro designado.
Así que estuvieron en Constantinopla, el emperador padre y su hijo les recibieron con gran gozo y gran placer, no menos que todas las demás gentes del imperio, mas si alegres estaban éstos de lo que sucedía, pesarosos se mostraban los genoveses, pues veían bien que si la tal gente permanecía allí, iban a perder ellos el honor y señorío que reportaban en el imperio, porque nada se atrevía a hacer el emperador sino lo que ellos querían, y en adelante no les había de estimar ya para nada.

Ramón Muntaner: Crónica

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