EUROPEAN HISTORY: MIGUEL ÁNGEL
Miguel Ángel (1475-1564) fue un artista del Renacimiento en todas sus dimensiones, ya que trabajó como arquitecto, escultor y pintor, aunque él se consideraba especialmente un escultor. Quizá por ello, en su faceta como pintor, concedió gran importancia al volumen y al dibujo de las formas anatómicas. Su deseo era crear cuerpos y formas vigorosos, con frecuencia en actitudes complicadas y retorcidas. De esta forma, el color y el paisaje quedan relegados a un lugar secundario en su obra.
Miguel Ángel trabajó en Roma para el Papa Julio II. Las relaciones entre ellos dos fueron complicadas, pero si que es verdad, que entre ellos existía una cierta complicidad, y dato de ello es la ecuanimidad con la que el testarudo y guerrero Papa soportó más de una vez la conducta estrambótica del gran artista. Una crisis en sus relaciones estuvo a punto de causar un incidente diplomático entre Roma y Florencia en 1506. Julio II encargó el año anterior a Miguel Ángel un sepulcro, pero los intereses de Julio Ii se centraron en los proyectos para la reconstrucción de San Pedro. Al mismo tiempo, surgieron dificultades económicas, y Miguel Ángel, amargado y desalentado, se impacientó y abandonó Roma hacia su Florencia natal. Julio II hizo todo lo indecible para retener a Miguel Ángel y llegar a una reconciliación. Para ello escribió la siguiente carta a las autoridades florentinas:
“Miguel Ángel el escultor, que nos abandonó sin razón y por mero capricho, tiene, según tenemos entendido, miedo de volver aunque nosotros, que conocemos los humores de hombres como él, nada tenemos en contra suya. No obstante, de modo que pueda desechar cualquier sospecha, confiamos en que por vuestra lealtad hacia nosotros le prometáis en nuestro nombre que si vuelve no será perjudicado ni injuriado y que le restableceremos el mismo favor apostólico que gozaba antes de abandonarnos”.
Miguel Ángel volvió a Roma, pero dado su carácter no olvidó. Durante las décadas siguientes siguió insistiendo en las viejas injurias que había sufrido.
Hasta aquel momento un artista jamás se había atrevido dar la espalda a un Papa y ningún cliente había demostrado tanta comprensión con el artista.
En Roma creó su obra maestra: la bóveda y los lunetos de la Capilla Sixtina del Vaticano, realizada entre 1508 y 1512. Dividió el espacio, mediante elementos arquitectónicos fingidos en compartimentos en los que representó todo un ciclo narrativo, desde la Creación hasta Moisés, con diversas escenas del Génesis y monumentales profetas y sibilas. Unos años más tarde se le encargó decorar el muro central de la capilla, donde pintó el gran Juicio Final, de profundo dramatismo, que anticipa ya la pintura manierista de la segunda mitad del siglo. Se trata de una obra en la que aparecen representadas alrededor de trescientas figuras de voluminosos cuerpos y retorcidos escorzos. Constituye sin duda un elogio al desnudo (a pesar de que posteriormente uno de sus discípulos recibió el encargo de cubrir los cuerpos desnudos, probablemente como consecuencia del Concilio de Trento). La escena, carente de profundidad, se localiza en el aire. En el centro se sitúa el Cristo Juez, representado a través de una figura joven, bella y vigorosa. Sobre él, los ángeles portan los símbolos de la Pasión; en el plano inferior, los ángeles llaman a vivos y muertos con trompetas, los difuntos resucitan, los justos se elevan y los pecadores caen en el infierno.

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