HISTORY OF ROME: LA SITUACIÓN DE LA MUJER EN LA ÉPOCA DE AUGUSTO
La mujeres romanas permanecían poco tiempo jóvenes. Tan pronto dejaban de ser niñas, se prometían y se casaban. Durante la infancia se les rodeaba con muchos cuidados, por ejemplo para proteger a las niñás contra el “coco” que les chupaba la sangre por las noches, se les ponía una cabeza de ajo en las mantillas y se colocaban ramas de espino en las ventanas. Además, no se omitía nada que pudiese contribuir a la perfección del cuerpo femenino. Para este fin, se ceñía la cintura de las muchachas, desde muy niñas, con cintas bien apretadas para que su pecho se desarrollase, lo que en caso de descuido originaba con frecuencia deformaciones de la espalda o desigualdad entre ambos hombros. Ya Terencio se queja de que las madres se preocupan por hacer de sus hijas personas desmedradas, con los hombros caídos y el pecho bien apretado. Si una muchacha tenía un aspecto un poco más fuerte, decían que parecía una gladiadora y la hacían ayunar.
Muchas madres dejaban a sus hijos al cuidado de amas o niñeras que, por norma general, eran esclavas, y por tanto, procedentes de cualquier país bárbaro. A pesar de que Plutarco recomendaba que las madres diesen el pecho a sus hijos, no era una acción muy corriente. Los escritores sobre cuestiones médicas daban minuciosas instrucciones sobre el modo como debe elegirse un ama de leche para criar al niño. A veces se le ponían varias amas a un solo niño.
Los juguetes usuales de las niñas eran flores, piedras de colores, conchas y caracoles, pelotas y bolas coloreadas, tabas. Algunas de estas se han encontrado en los sepulcros infantiles. Cuando las niñas se cansaban de jugar, se sentaban a los pies de la vieja ama, esperando que esta les contara un cuento. Los cuentos de los romanos coincidían con nuestros cuentos populares ya que conducían a la imaginación del niño por el pintoresco y brillante reino de las maravillas. Entre sus heroínas, la princesa era siempre maravillosamente bella.
Luego venían los años de estudio y aprendizaje. Las niñas se iniciaban ante todo en las faenas caseras. Bordar era una industria masculina, aunque parece que también había alguna mujer. Varrón exige que a las muchachas se las enseñe a bordar ya que de otro modo no estarían en condiciones de elegir los tapices y las cortinas mejor bordados. Se les enseñaba principalmente a hilar y a tejer, ya que sabemos que las hijas y las nietas del propio Augusto hilaban y tejían, y por regla general, este emperador no usaba más prendas de vestir que las fabricadas por sus hijas o por su mujer y su hermana. Se daba especial importancia a la educación de las chicas en la música y en la danza. Músicos tan prestigiosos como Demetrio y Tigelio se pasaban una parte del día junto a los sillones de sus discípulas.
Los padres procuraban asegurar la suerte futura de sus hijas mediante un matrimonio adecuado. La mujer era legalmente apta para el matrimonio a los doce años cumplidos, ahora bien, la mujer romana por lo general se casaba entre los trece y los diecisiete años. El matrimonio era un arreglo concertado entre las dos familias. No pocas veces las hijas eran prometidas en matrimonio siendo todavía unas niñas y los esponsales se celebraban por medio de personas intermedias. En Roma había corredores matrimoniales y hacían de ello un negocio. Por lo tanto, la entrada en el matrimonio supondría para la mujer, dada su juventud, un tránsito brusco de la sumisión incondicional a sus padres a un estado de libertad ilimitada. Una vez dentro de la casa, la mujer ocupaba una posición extraordinariamente independiente. El antiguo derecho romano de familia que otorgaba al señor de la casa poderes ilimitados sobre todos los miembros de ella, se había relajado a lo largo de los siglos hasta disolverse por completo, y la emancipación de la mujer se vió coronada por la ley que les concedía el derecho de propiedad sobre los bienes aportados por ellas al matrimonio. En los matrimonios libres, la inmensa mayoría de ellos en la época imperial, solo pasaba al patrimonio del marido la dote. La mujer retenía en propiedad todo el resto de su patrimonio propio y de sus bienes sin que el marido le compitiera siquiera el derecho de usufructo sobre ellos.
La posición de la mujer romana dentro de la sociedad era tan independiente como la que ocupaba dentro de la casa. Ni siquiera en los primeros tiempos de la república vivió en un estado de sumisión tan grande como la mujer griega, cuya mayor gloria que “que los hombres se acordasen lo menos posible de ella, ni para bien ni para mal” y los confines de su mundo eran el umbral de su casa. Además, no debemos olvidar que la esclavitud, en Roma ejercía una influencia perniciosa sobre la moral matrimonial. La infidelidad conyugal del marido era considerada con cierta indulgencia a causa de la esclavitud. Por ejemplo, Plutarco nos dice que si el marido peca con una esclava, la mujer no debe indignarse, sino pensar que por respeto a ella elige a otra para que comparta sus desenfrenos. Pero también las mujeres, a medida que iba aumentando su emancipación se arrogaban la misma libertad de la que disfrutaban sus maridos. Ahora bien, para Tácito, las peores influencias eran los espectáculos y los abundantes banquetes. ¿Por qué? Porque las mujeres eran capaces de hacer cualquier cosa por asistir a los espectáculos cargadas de joyas para exhibirse. Muchas de estas joyas no eran propias sino prestadas, y muchas personas estaban empeñadas por dichas joyas.

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