HISTORY OF SPAIN: "El lujo"
“En los actuales tiempos, que a despecho de la razón y de la inteligencia, las exigencias de la moda y del exagerado capricho constituyen ley, y norma la desantentada conducta de los más extraviados y se rinde culto a la vanidad, exigiéndose altares al dios éxito, fabricado con oro no importa cómo; y en que, para la satisfacción a ciertas necesidades sociales, no todas buenas, se practica el principio de Maquiavelo, el fin justifica los medios, no está de más dedicar algunas palabras a las consideraciones que sugiere el tema que encabeza estas líneas, por la trascendencia suma que encierra, y la importancia de sus conclusiones.
Antes que todo, quiero dejar afirmado que no condeno el lujo en absoluto. Bien entendido, y cuando guarda relación con la fortuna y medios de cada familia, lo juzgo bueno, beneficioso y útil.
Es más, el lujo contribuye al fomento de las industrias, y al desarrollo de las artes, enriquece el comercio y proporciona trabajo al horado obrero. ¿Pero esto quiere decir que en la mayor parte de los casos, y para infinito número de familias no sea fuente de inmoralidad, causa de ruina, origen de muchos males y hasta ocasión de delito?
No pretendo hacer un artículo de moral, sino más bien de material interés;¡causa hondo pesar ver a la actual sociedad consumida por la fiebre de la ostentación; esclava de la frívola moda y por sed hidrópica de la fastuosidad, enervada, y aquilatar luego los medios de que dispone para ello!
Concretándome a España, el espectáculo que ofrecen los grandes capitales, es desconsolador.
Si esta nación fuera rica y próspera; si el trabajo constituyese la ocupación habitual y esencial de los españoles, y, para estos, como para los ingleses, el tiempo valiese oro; si en España no abundasen tantos las fortunas mediocres, las posiciones modestas, y estuviera mejor remunerado el trabajo, no fuese tan precaria la vida del artesano, y la pobreza y la indigencia no imperasen; entonces, todavía comprendería esos deslumbrantes atavíos, con los cuales, en costosas y continuadas fiestas y zambras se engalanan los hijos de esta nuestra hidalga tierra.
Muy lejos de tener sobrante España, hallando en puridad, gasta más que produce, y hay en su seno una sociedad frívola y bullidora, en la que, el lujo, va adquiriendo tales proporciones que lleva la alarma al ánimo del hombre pensador.
¿Los recursos son escasos? Pues no importa, es preciso brillar. La sociedad, dicen, lo exige, la moda lo ordena, el buen gusto lo dicta, y los respetos humanos, absolutos y déspotas, no se satisfacen sino deslumbrándolos.
Los toros, el futbol, las carreras, el teatro, la función cívica y religiosa, el casino, el automóvil, la temporada de baños, los viajes al extranjero; las amistades manifestadas por medio de presentes y regalos; multitud, en fin, de compromisos, que llaman de buen tono y que hoy se adquieren con facilidad suma, no obstante, que como cuestan dinero, se salvan con suma dificultad; todo esto, que representa un capital crecido y una fortuna extraordinaria, no es ya solo patrimonio de las clases acaudaladas y aristocráticas, sino de las clases medias, formadas por el modesto propietario, el laborioso industrial, el abogado, el médico, el empleado, y aún el comerciante al por menor, que, obstinados en imitar a las primeras, no piensan que, cual la mariposilla que jugando con la brillante luz quema sus alas, ellos en su afán inmoderado de distinguirse y figurar, saliendo de su esfera, destruyendo su fortuna, comprometen su presente, y pierden su porvenir. (…….)
Y, he aquí el problema: ¿de dónde sale el dinero para reportar tan desmesurado lujo? Aquí la moralidad.
No debemos pues, asombrarnos de tanto negocio como se hace; de los escandalosos agios, de las inesperadas quiebras, de las inauditas defraudaciones que sin interrupción se repiten todos los días. Son la legítima consecuencia, más aún, es natural y lógico que ocurran.
Y de ahí esa crónica vergonzosa de desfalcos, irregularidades, estafas, insolvencias, amaños e intrigas.
De ahí los justificantes primordiales del cohecho, del soborno y de la prevaricación. (……)
¿Qué se puede esperar de una sociedad que gasta mucho y produce poco?
No hace mucho tiempo, tratando un periódico parisién de los establecimientos benéficos, decía que España, es uno de los países donde la caridad alcanza más alto grado.
Es cierto; aquí, más que en pueblo alguno, hay hospicios, hospitales, y casas de Beneficiencia (….).”
Eduardo Allué Pérez, La Ribera del Cinca, 25 de mayo de 1929
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