PHILOSOPHY TODAY: HENRI BERGSON
Henri Bergson nace en parís en 1859 y muere en 1941 en plena ocupación nazi, cuando se desencadenaban en Francia las medidas antisemitas. Fue profesor en el Colegio de Francia y Premio Nobel de literatura en 1928. Pocos filósofos han gozado de tanta popularidad y difusión de sus obrar, ya en vida, como Bergson.
La filosofía de Bergson está en una estrecha relación con el positivismo del XIX, por una parte, y con el espiritualismo francés, por otra, extremos ambos con los que Bergson intenta hacer una original simbiosis. “Del positivismo a la metafísica” podría ser el testimonio de esta filosofía, lema que se evidencia en su problema último: el de Dios. La filosofía de Bergson vendría a ser a este respecto la búsqueda y posibilitación de una experiencia de Dios. Una superación del positivismo en el sentido más estricto de la palabra.
Es importante reconocer la profunda radicación bergsoniana en la ciencia de su tiempo. Su pensamiento filosófico, por ello, debe ser entendido como un intento de fundamentar con investigaciones metodológicas la necesidad de comprender los principios del conocimiento científico como funciones de un grado determinado de la “vida” metafísica. Dicho de otra manera, la filosofía de Bergson no es -como nunca en los grandes pensadores- un ex abrupto arbitrario a la medida de un talante particular: Bergson, en un clima efervescente de positivismo, de surgimiento de crítica científica, de polémica espiritualista, de reivindicaciones kantianas, condicionado todo ello por el auge ciencista, aborda el problema de la relación sistemática del conocimiento científico y la metafísica. Zubiri escribió que “Bergson tiene que retrotraerse a la raíz misma de donde la ciencia emerge”.
Bergson encuentra el punto de apoyo para aquella superación del positivismo ciego en la huella del positivismo evolucionista de Spencer; “lo que me atrajo de Spencer -dirá en algún momento de su vida- era su deseo de unir el espíritu al terreno de los hechos”. Un esfuerzo por trasladar los principios positivos al campo de las ciencias humanas y de la cultura -entiéndase con ello la Religión- valiéndose como medio de un principio de explicación de la realidad toda: la evolución -tal es también la síntesis bergsoniana. ¿Por qué asumir el principio explicativo evolución? Porque la evolución es el proceso donde marchan armónicamente integradas la materia y la naturaleza espiritual del hombre.
Bergson le pone nervio-eje y consistencia a esa síntesis con su idea matriz de que la realidad es duración real. Y el lugar privilegiado de mostración de que la realidad es duración es la conciencia: medio donde se anudan la experiencia y la intuición o, dicho de otra manera, el lugar donde se abre, por así decir, la verdadera experiencia, esa nueva y más radical forma de experiencia que concibe Bergson y que lo es porque lejos de entenderse como la captación, desde dentro mismo, de las cosas. La intuición es, por ello, y por así decir, el “alma” de la verdadera experiencia: el acto que nos coloca dentro de las cosas. No un acto estático -sería una contradicción- a modo de constatación, sino una actividad viva que vive y con-vive el proceso, la durée misma de la realidad.
La intuición acompañando desde dentro el proceso “durativo” de la realidad es ella misma durée. Por esa coincidencia entre intuición y durée se explica que la reivindicación de la intuición sea al mismo tiempo para Bergson una suerte de rechazo, o tal vez mejor contra-posición a la inteligencia. Y la razón es que la inteligencia, fría y abstracta, constructora de conceptos, analítica e inmovil considera disgregadamente a la realidad. De ahí que la ciencia sea su dominio. pero, en definitiva, la raíz de la inteligencia en cuanto que opera así, analítica y científicamente es la vida misma.
La intuición, en el interior mismo de la realidad, no es enemiga del concepto: sólo que necesita y postula la singularidad única del concepto, esa hipotética singularidad que precedería a la generalización o a la abstracción. La intuición, por tanto, no se opone estrictamente a la inteligencia, sino que más bien neutraliza su diferencia y la retrotrae a la fuente misma donde la verdad -la verdad científica- lo es en toda su plenitud y radicalidad.

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